Un viaje de arte, ciencia, colaboración y esperanza
Crédito de la foto: Iván Sepúlveda
En noviembre de 2025, seis integrantes de N-Gen —artistas, científicos e investigadores del Desierto Sonorense— se sumaron a la One Ocean Expedition, navegando a bordo del velero noruego Statsraad Lehmkuhl, una embarcación centenaria, embajadora global del Decenio de las Ciencias Oceánicas de la ONU, que busca promover la ciencia oceánica y la colaboración internacional.
Para nuestra comunidad del Desierto Sonorense, esta experiencia no fue solo un viaje por el Pacífico, sino que representó un espacio donde la ciencia, el arte y la comunidad se encontraron para generar conocimiento, colaboración y acción, del desierto al mar.
Durante ocho días de navegación entre Ensenada y La Paz, el océano se convirtió en un lenguaje común. Para muchos de los participantes, esta fue su primera vez en alta mar. La inmensidad del océano, el silencio de la noche y la convivencia cercana dieron lugar a una experiencia difícil de describir con palabras. El mar reveló vulnerabilidades, pero también un sentido renovado de propósito.
De izquierda a derecha: Iván Sepúlveda, Adrián Munguía, Captain Jens Joachim Hiorth, Caitlyn Hall, Audrey Carver, Víctor Ricardez, Joel García Mayoral, Edgar Pimienta
Las guardias nocturnas, los vientos cambiantes, las velas izadas en equipo y una profunda armonía crearon un espacio de aprendizaje y creatividad. Investigadores, artistas, estudiantes, gestores ambientales y jóvenes creativos encontraron a bordo un lugar donde sus lenguajes pudieron encontrarse. Las distintas disciplinas se entrelazaron de forma orgánica para imaginar futuros más resilientes y reafirmar que el océano es una parte esencial del territorio biocultural que protegemos.
Estas son algunas de las reflexiones que nuestras y nuestros participantes compartieron a su regreso.
Arquitecto, ilustrador y miembro de la Mesa Directiva de N-Gen
“Y entendí algo simple: si todos jalamos hacia el mismo rumbo, sincronizados, podemos unir fuerzas y avanzar hacia un mejor futuro.”
— Edgar Pimienta
Antropólogo social y Director Asociado de N-Gen
“Con el acompañamiento de fotógrafos e ilustradores comprobamos, además, que la ciencia no basta por sí sola y que (…) algunas comprensiones solo pueden emerger desde la estética, la sensibilidad y esos silencios —momentos de pausa y reflexión— que la lógica no alcanza.”
— Víctor Ricárdez
Investigadora y miembro de la Mesa Directiva de N-Gen
“La comunidad del Desierto Sonorense siempre ha sido transfronteriza, interdisciplinaria y profundamente conectada. Este viaje fortaleció esa red de una manera que se siente tanto personal como colectiva.”
— Caitlyn Hall
Fotógrafo
“En nuestro caso el Desierto Sonorense es nuestro velero, logremos juntos que nuestra embarcación perdure y avance hacia mejores horizontes.”
— Iván Sepúlveda
Artista visual
“Todo esto lo veo como un gran eslabón donde el arte puede realmente vincular con la atención del público lo que los investigadores del desierto sonorense han trabajado tanto.”
— Joel Mayoral
Artista visual
“Regresé a casa con la sensación de que el arte y la ciencia realmente van de la mano, y que hay espacio para personas como yo para ayudar a construir ese puente.”
— Audrey Carver
"Jalo" es un concepto norteño que usamos para aceptar una invitación o mostrar disponibilidad para participar en algo. A inicios de este año decidí que esa palabra definiría mis acciones. Así que cuando se me presentó la oportunidad de unirme a la #OneOceanExpedition, a bordo de un velero centenario que recorre el mundo, acepté sin pensarlo.
Con lo poco que sabía de la expedición, me emocionaba la idea de dibujar e impulsar el arte en medio del océano, en un barco lleno de ciencia, historia y personas de la región y de otros países, navegando el Pacífico del Desierto Sonorense.
Yo nunca soñé con estar en un velero ni adentrarme tanto al mar, pero la experiencia fue surreal, como vivir dentro de un sueño. Por las noches la realidad se distorsionaba: el horizonte desaparecía en la oscuridad, y cielo y mar se volvían uno mismo. Sentía que flotaba en el espacio, entre estrellas y bioluminiscencia.
También sentía que viajaba en el tiempo. La historia del Statsraad Lehmkuhl, sumada al impecable estado en que se mantiene, te transporta al pasado y te permite imaginar cómo se sintieron sus primeros navegantes. Pero también te lanza al futuro cada vez que intercambias ideas sobre cómo habitar el territorio o cómo preservar nuestros mares con personas expertas y apasionadas por lo que hacen.
Gran parte de la experiencia fue aprender a navegar en un velero. Conocimos términos en noruego que nos ayudaban a coordinarnos como equipo. Al sonido de "Hal tight!" todos jalábamos de las cuerdas para tensar las velas y mantenernos en movimiento. Y entendí algo simple: si todos jalamos hacia el mismo rumbo, sincronizados, podemos unir fuerzas y avanzar hacia un mejor futuro.
El mar es una parte vital del Desierto Sonorense. Navegarlo en esta embarcación tuvo, aunque no lo planeáramos, un propósito: compartir el amor por el mar y su biodiversidad. El velero más mágico de Noruega nos hizo sentir especiales, pero también responsables: la responsabilidad de transmitir lo vivido a bordo y de recordar la importancia que tiene el mar en nuestras vidas y en el territorio que habitamos.
Ojalá que las miradas artísticas y científicas con las que cada tripulante comparta esta travesía logren transmitir la esencia del viaje. Y que, al llegar a quien nos lea, ese mensaje despierte lo mismo que despertó en mí: un profundo y renovado amor por el mar.
Entre Ensenada, B.C. y La Paz, B.C.S., en el largo corredor azul del Pacífico mexicano, viví una de las experiencias más transformadoras de mi vida. Fui parte de la Expedición Un Océano, un esfuerzo global que busca acercar la ciencia del mar a la sociedad y recordarnos que la supervivencia de nuestra especie depende de la salud del océano tanto como del aire que respiramos.
Gracias a la Fundación iAlumbra y al esfuerzo de todas las personas que hicieron posible esta travesía, subimos a bordo del Statsraad Lehmkuhl, un velero centenario construido en 1914, embajador del Decenio de las Ciencias Oceánicas de la ONU. Durante ocho días y siete noches, aprendimos a leer el viento, a tensar cabos en sincronía y a escuchar la polifonía de ritmos, saberes y mundos que conviven en el mar.
Desconectados del correo electrónico y las redes sociales, investigadores, acuicultores y líderes de diversas organizaciones civiles de esta región transfronteriza logramos en verdad convivir, dialogar, e intercambiar emociones e ideas. Entre talleres, conversaciones informales, y actividades de investigación fuimos encontrado oportunidades para sumar y fortalecer nuestros esfuerzos para la conservación y el desarrollo sustentable e incluyente y, muy pronto, entendimos que esta travesía no era un punto de llegada, sino el inicio de una aventura compartida hacia un futuro más justo y vivible para todas las formas de vida.
El capitán Jens Joachim Hiorth y su tripulación nos recibieron con una hospitalidad firme y generosa y, en cubierta, nos enseñaron que en el mar la colaboración no es un valor abstracto sino la única condición que permite que todo funcione a cabalidad. Cubrir guardias, izar velas, limpiar la cubierta y orientarnos bajo las noches estrelladas requiere coordinación y compromiso de todas las personas. En ese entorno, la interdependencia se vuelve táctil. Es cuerda, nudo, viento, cuerpo. Es responsabilidad compartida.
A bordo, las personas también fuimos mar. Un océano de incógnitas y misterios, de expectativas y de sueños. Fragilidades que, trabajando juntos nos convertimos en manada, en tribu, en clan. Superados el asombro y el agotamiento de la primera guardia, de las 12:00 a 04:00am, compartí algunos de los momentos más felices de mi vida, hombro a hombro con quiénes, manteniendo el curso trasado, vigilando el horizonte, izando velas y rompiéndonos las manos con los cabos, bailamos y cantamos hasta el amanecer.
Como director asociado de la Nueva Generación de Investigadores del Desierto Sonorense (N-Gen), viví este viaje como un auténtico laboratorio de futuros posibles, habitando un espacio multicultural, una máquina del tiempo donde artistas, científicas, estudiantes y tomadores de decisiones pusimos en práctica nuevas maneras de colaborar. Con el acompañamiento de fotógrafos e ilustradores comprobamos, además, que la ciencia no basta por sí sola y que, tal como sugiere Han Kang en La clase de griego, algunas comprensiones solo pueden emerger desde la estética, la sensibilidad y esos silencios —momentos de pausa y reflexión— que la lógica no alcanza.
Mientras avanzábamos por aguas profundas, era imposible ignorar el contexto global que nos rodea. Vivimos una crisis civilizatoria que se expresa en guerras, desplazamientos forzados, fronteras militarizadas, discursos de odio, autoritarismos en expansión y un deterioro ambiental que amenaza los cimientos de nuestra existencia.
En América Latina, esta crisis adquiere un tono especialmente crudo: territorios de pueblos originarios devastados por megaproyectos, violencia armada entrelazada con extractivismo y comunidades enteras desaparecidas en estadísticas incapaces de nombrar el dolor. La vida cotidiana de millones de personas transcurre entre la precariedad, el miedo y la pérdida.
Frente a este panorama, la travesía se convirtió en una declaración silenciosa pero firme. Una práctica de paz en movimiento. En un mundo donde la democracia se erosiona y la vida se fragiliza, el velero nos recordó que aún es posible construir relaciones basadas en el cuidado mutuo, la cooperación y la empatía. Que incluso en medio de la tormenta civilizatoria existen espacios donde la escucha es un acto político y la colaboración, un gesto de resistencia - una práctica de paz en movimiento.
El mar no oculta la crisis: la revela, haciendo imposible olvidar el contexto global incluso mientras vivimos una experiencia extraordinaria en medio del océano. Al mismo tiempo, insinúa frágiles fisuras de esperanza. Cada ola sugiere que aún podemos imaginar otra forma de habitar el planeta, una que comprenda que no existe bienestar humano sin bienestar de los ecosistemas.
Para las horas más quedas llevé conmigo La Zeta del Fin del Mundo, de Anna L. Tsing, una obra que explora, con un lenguaje preciso y luminoso, los vínculos entre la crisis civilizatoria, la imaginación política y las pequeñas formas de resistencia que aún sostienen el porvenir.
Influenciado por esa lectura, pronto noté que cada ser en el barco —y alrededor del barco— tenía su propio ritmo. Los turnos de guardia, los pasos en cubierta, las conversaciones nocturnas, incluso las aves, los delfines y las ballenas que en distintos momentos nos acompañaron y las olas que golpeaban el casco como un pulso antiguo.
Anna Tsing llamaría a esa multiplicidad un conjunto polifónico, una forma de coordinación que no exige uniformidad, sino convivencia entre diferencias. Inspirado en esa idea, ensayamos distintos cambios de guardia sonoros, pequeños homenajes a la diversidad del planeta y a la polifonía que era, en sí misma, la expedición: un espacio donde la ciencia dialogaba con el arte, donde la técnica encontraba a la intuición y donde la diversidad se volvía posibilidad. Un lugar donde el mar nos enseñó, con paciencia, que no hay futuro si no aprendemos a remar —y a vivir— juntas.
Hace cinco días que regresé a mi casa, al hogar que hemos formado mi novia, nuestra perrita y yo. Mientras retomo los pendientes de mi trabajo, sigo tratando de asimilar lo vivido. Definitivamente, no he dejado de ser yo, pero, por alguna razón, no me siento la misma persona que se embarcó hace 12 días.
Mientras escribo estas líneas, el Statsraad Lehmkuhl continúa su trayectoria rumbo a Panamá. Se espera que el 9 de diciembre el buque arribe al puerto de Herradura, Costa Rica. Mi corazón va con la tripulación. Sé que pronto tendremos resultados concretos de los estudios de temperatura, salinidad, microplásticos, corrientes, biodiversidad y productividad marina que se están recabando a lo largo de la expedición; datos que revelarán patrones, procesos y señales que hoy apenas intuimos. Mi alma ansía volver pronto a navegar.
También sé que, en retrospectiva, los viajes nos vuelven a brindar experiencias, pero mientras sigo cavilando, me gustaría compartir dos momentos sencillos que me ayudaron a comprender de forma profunda lo que significa vivir colectivamente.
La primera anécdota ocurrió una madrugada. Después de terminar mi guardia a las cuatro de la mañana, me bañé y caí dormido y, al despertar, descubrí que había perdido el horario de desayuno. Entonces entendí que no podía comer a la hora que quisiera, que a bordo los tiempos no son personales, sino comunes. Respetar los horarios es parte del engranaje que sostiene la vida del barco y retrasar una comida significa retrasar el curso de las actividades del resto y alterar el ritmo que permite que todo funcione.
La segunda anécdota tuvo que ver con la lavandería. Una tarde intenté lavar mi ropa, pero las lavadoras y secadoras estaban ocupadas, así que dejé de insistir. Esperé mi momento. Al día siguiente, al terminar mi guardia de madrugada, aproveché el silencio del amanecer para lavar, secar y doblar mis prendas. Permanecí en cubierta acompañando a la siguiente guardia mientras concluía la tarea. Entendí que no podía dejar la ropa a medias ni ocupar el espacio que alguien más necesitara. Ese gesto, aparentemente trivial, me hizo ver que incluso las acciones más simples están entretejidas con las necesidades del colectivo.
Ambas experiencias, tan cotidianas como reveladoras, me ayudaron a comprender una verdad esencial: si todos estamos en el mismo barco, debemos pensar y actuar en colectivo. Y ese barco —lo sabemos— es el único planeta que tenemos.
Por eso, la metáfora más evidente de esta travesía es también la más poderosa. Todas y todos vamos en el mismo barco. Una frase repetida tantas veces que a veces se vacía de sentido, pero que en el mar adquiere un peso distinto. Ninguna vida se sostiene sola.
De esa certeza surge un imperativo ético: actuar por el bien colectivo, por todas las especies, por los ecosistemas que permiten la vida y por los futuros que aún podemos construir.
Somos criaturas precarias, interdependientes, profundamente vinculadas unas con otras. Y, paradójicamente, es esa fragilidad compartida la que abre la puerta a la colaboración, a la empatía y a la esperanza.
Esta expedición fue una experiencia transformadora para mí, y ha sido muy reconfortante escuchar cómo muchas otras personas sintieron ese mismo cambio al regresar a casa. La vida a bordo del barco generó un impulso que se sentía en los huesos, ese que nace de trabajar, descansar y reír en un mismo ritmo. Hubo vulnerabilidad compartida y logros compartidos, especialmente durante la fiesta de baile de la última noche, cuando todas y todos soltamos tensiones y celebramos lo que habíamos construido juntas y juntos. Esos momentos me enseñaron que el crecimiento y la dificultad coexisten, y me recordaron que, aunque vengamos de disciplinas y perspectivas distintas, estamos avanzando hacia objetivos similares.
Lo que más permanece conmigo son las relaciones que se formaron en los rincones tranquilos y cotidianos del viaje. Lavábamos ropa en pares, con las mangas arremangadas, tratando de sacar agua tibia de una llave que nunca cooperaba del todo. Nos buscábamos durante las guardias nocturnas, subiendo a cubierta con esa mezcla de cansancio y expectativa, esperando reconocer una silueta familiar bajo la tenue luz roja. Había algo muy bello en cómo pasamos de solo conocer nombres a realmente ver a las personas, a considerar lo que cada quien cargaba consigo en este espacio compartido. Para cuando llegamos a tierra, las bromas internas ya estaban instaladas, la confianza fluía con naturalidad y las conversaciones eran más profundas porque ya habíamos compartido un tramo de vida juntas y juntos.
Como parte de mi proyecto con N-Gen, realicé entrevistas a lo largo del viaje para comprender el lado humano de esta expedición. El objetivo era simple: escuchar las historias de las personas, sus motivaciones, sus dudas y sorpresas, y cómo estar a bordo del barco las transformó. En conversaciones uno a uno, vi cómo las perspectivas se expandían y se suavizaban. Varias personas hablaron abiertamente de reconocer su propia soberbia como investigadoras e investigadores al entrar en un nuevo entorno. Otras dijeron que la experiencia les abrió algo por dentro, que la belleza y la disciplina de navegar las llevó a replantearse los límites de su trabajo y de su vida. Algunas bajaron del barco con la sensación de que su trayectoria necesitaba ampliarse, de que la curiosidad podía llevarlas hacia nuevas comunidades y nuevas formas de aprender.
Esta oportunidad también me mostró cómo se ve cuando investigadores, artistas y narradores avanzan juntos hacia la resiliencia climática con un propósito compartido. La comunidad del Desierto Sonorense siempre ha sido transfronteriza, interdisciplinaria y profundamente conectada. Este viaje fortaleció esa red de una manera que se siente tanto personal como colectiva. Me fui con un sentido de posibilidad que sigue muy vivo, y sé que esta experiencia continuará moldeando el trabajo que hacemos, individual y colectivamente, mucho después de haber bajado del barco.
Esta experiencia fue muy especial para mí. Decir que estuve a bordo del velero más grande y antiguo de Noruega no alcanza a describir lo que realmente viví ahí.
Desde el momento en que subí a esta majestuosa embarcación, solo podía imaginar cómo sería viajar por el mundo sobre un vehículo que tiene al océano y al viento como sus mejores aliados.
Una de las partes más significativas para mí fue formar parte de la Guardia Roja, el grupo encargado de tomar el control del velero desde la medianoche hasta las cuatro de la madrugada. En nuestra primera guardia nos tocó la noche más fría, con una lluvia constante que complicaba todo un poco más. Aun así, nadie se rindió. Todos nos apoyamos para mantener el rumbo.
Entre la lluvia y el frío llegó lo que tanto esperábamos, el momento de izar las primeras velas. El barco empezó a cobrar vida, como si estuviera despertando. Aunque no fue sino hasta un par de días después que el viento sopló lo suficientemente fuerte para abrir las velas grandes.
Algo que considero importante mencionar es que, aunque algunos eran personas de ciencia y otros de arte, cada uno distinto a su manera, el alma del barco y del océano nos unieron por igual. Todos avanzamos hacia una misma dirección, el bienestar de la embarcación, de la tripulación y de nuestros mares.
Lo que me llevo de esta experiencia es la certeza de que, sin importar cuán distintas sean nuestras disciplinas o formas de pensar, cuando compartimos una intención o una preocupación común, podemos unirnos para aportar nuestras perspectivas y buscar soluciones. Algunos lo haremos desde el arte, otros desde la ciencia, pero siempre lograremos un mayor impacto cuando combinamos nuestras fortalezas.
En nuestro caso el Desierto Sonorense es nuestro velero, logremos juntos que nuestra embarcación perdure y avance hacia mejores horizontes.
Un viaje que inició antes de despertar y continúa, aunque me toque verlo desde tierra.
Este viaje me mostró como la vida debe de ser. Agarrarse con fuerza, aunque el cuerpo no responda, soltar cuando es necesario y elevar las manos al cielo y aplaudir cuando lo hemos logrado. Me despido de ocho soles para encontrar la verdad entre el azul más profundo y obscuro, deseo volver a este lugar y escuchar el mensaje entre la ruptura del viento y la campana sonando. Me despido de nuevos amigos que apenas tuve tiempo de charlar y comer a su lado, de admirar y sorprenderme ante tanto obsesionado y apasionado. Aquí no fui más que un simple tripulante donde no me necesitan, pero mi ausencia se nota. Me siento lleno y con ganas de regresar a casa, pero también de llevarme toda mi casa a este nuevo refugio.
En esa inmensidad donde no somos nada, el viento seca mis lágrimas de nostalgia, porque esto fue un sueño más hecho realidad. Un sueño que tuve toda mi infancia y ahora es un recuerdo que me acompaña en mis manos gastadas y algunas cicatrices que no quisiera que se borren como evidencia de que esto pasó.
Formar parte de esta tripulación me hizo entender el verdadero significado del trabajo en equipo y sobre la importancia de tomar en serio mi papel en este viaje, darme cuenta que era tan importante el esforzarme cómo el descansar y comer lo suficiente para poder rendir bien al siguiente día. De mis actividades favoritas a bordo fue subirme en los mástiles, aunque no puedo negar que me daba mucho miedo y resultaba muy agotador. Y otra que sin dudas fue muy importante es la de compartir mis procesos pictóricos con mis compañeros, me di cuenta sobre el impacto que tenía mi trabajo ante la sensibilidad de mis nuevos amigos. Casi al final del viaje tuve la oportunidad de compartir todas las pinturas que realicé a bordo y gracias a ello logré conectar profundamente con la comunidad, para mí fue muy bonito porque entendí que algunos de ellos no volverían a ver esas pinturas después de este viaje.
Todo esto lo veo como un gran eslabón donde el arte puede realmente vincular con la atención del público lo que los investigadores del desierto sonorense han trabajado tanto.
Esta travesía movió fibras muy sensibles no solo para mí sino también para mis compañeros. Yo deseo que este pequeño grano de arena pueda contribuir a la concientización sobre el cuidado, la atención la preservación de los mares y océanos. Así como todos los investigadores, marinos y personas involucradas han llenado este huequito en mi corazón.
La One Ocean Expedition con N-Gen fue una de las experiencias más increíbles de mi vida. Nunca había navegado ni estado realmente en un barco, así que subir al Statsraad Lehmkuhl se sintió como entrar a un mundo completamente nuevo. Sabía que el océano era vasto, pero no esperaba que me hiciera sentir tan pequeña de una forma positiva, como si hubiera sido acogida por algo más grande que yo. Había una especie de asombro infantil en todo ello. Pensaba constantemente en las aventuras que veía de niña, en esas expediciones de Planet Earth que me hacían soñar con algo así. Estar ahí afuera, rodeada solo de agua y cielo, sin tierra a la vista, fue como reencontrarme con esa versión más joven de mí misma y permitirle, por fin, vivir lo que había estado esperando.
El barco en sí es una obra de arte, y aprender los ritmos tradicionales de la navegación hizo que la experiencia se sintiera aún más atemporal. Dormir en las hamacas banjeur junto a la mitad de la expedición fue algo que nunca olvidaré. Fue caótico, acogedor y extrañamente reconfortante. Cada día traía consigo un momento así. Ver la investigación que se realizaba a bordo, escuchar a las personas hablar de su trabajo con comunidades de todo el mundo y comprender cuánto les importaba la salud y la protección del océano fue profundamente inspirador. No tenía idea de que habría personas de tantos países distintos, cada una con su propia forma de pensar sobre el cuidado, la resiliencia y el futuro del océano. Esa diversidad de perspectivas fue una de las mejores partes del viaje.
Como artista y comunicadora científica, a menudo es difícil encontrar espacios donde un enfoque interdisciplinario sea realmente bienvenido. Gran parte de mi trabajo está moldeado por las plantas, las personas y las formas en que interactuamos con los sistemas vivos. Últimamente he pensado mucho en la botánica y en los kelps, en cómo las personas construimos relaciones con los ecosistemas, y este viaje me dio el espacio para llevar esa curiosidad a la cubierta del barco. Estar al aire libre, observar la vida silvestre, aprender de otras personas y ver cómo se relacionan con el mundo que las rodea es de donde surge la mayor parte de mi inspiración. Entrar en un espacio donde esa mezcla de arte y ciencia no solo era aceptada, sino alentada, fue profundamente validante de una manera que no sabía que necesitaba.
Lo que más agradezco es la comunidad que se formó de manera tan natural. Llegué nerviosa por todo: desde el mareo hasta no conocer a nadie. Esas preocupaciones se disiparon rápidamente a medida que las conversaciones fluían y las amistades tomaban forma. Conocí a otras y otros artistas y a personas que habitan el mismo cruce de caminos que me importa, personas que entienden por qué mezclar disciplinas es una necesidad y no una opción. Me fui de la expedición sintiéndome más conectada con mi trabajo, con quienes hacen este tipo de trabajo en distintas partes del mundo y con el océano mismo. Regresé a casa con la sensación de que el arte y la ciencia realmente van de la mano, y que hay espacio para personas como yo para ayudar a construir ese puente.